lunes, 10 de marzo de 2014

Morsmordre

Verde, brillante...tan distante como el firmamento...pero presente, imperturbable. Tácita. Verde enfermo, enfermizo, enfermante...angustiante. Verde esperanza. Una esperanza muerta entes de nacer.
Rojo, escarlata, carmín como labios henchidos de apasionados besos de un amante fiel. Rojo, muy rojo, en sus propias manos, su rostro, su cuerpo...
Y negro. Negro cual abismo. Oscuro, impenetrable...negro que da miedo y asusta, negro como una noche sin luna, sin estrellas...negro de desesperación, de soledad. De muerte. Negro como su alma.
Tres colores que se mezclaban entre sí. Tres colores que eran lo único que su mente recordaba. Uno tras el otro. Primero verde, luego el interminable rojo de la sangre y negro...más negro, todo negro. Y así, una vez tras otra. Y los gritos. Porque no distinguía más que su cuerpo ensangrentado en un borrón rojo. Pero no podía olvidar los gritos. No podía acallarlos. Suyos. Su propia voz, desgarrada.
Y el silencio. Un silencio cruel, más infame que los propios gritos, y mucho más aterrador. Increíblemente acorde al total y desquiciante negro.
Casi que lo prefería. Casi.
Todavía recordaba el horror...el dolor. El olor de sangre impregnado en sus uñas. Si...lo recordaba, pero sólo era un eco. Como quien recuerda el significado de una palabra, pero ha perdido el sentimiento.
Todo lo que sentía ahora era esa soledad acuciante. Profunda. Vagamente sabía que sus propios brazos envolvían su cuerpo, pero era etéreo. Nada más que conocimiento puro, llano e inútil.
Todo era soledad. Soledad, frío y silencio.
Dónde estaban los recuerdos? Dónde estaba todo ello que venía antes del verde? Ah, claro...los había borrado. Claro que si. Para que recordarlo.
Y en su lengua...el pálido y dulce sabor de la muerte, intenso y ahumado.
No importaba que hicieran con ella, quien le hablara, dónde la llevaran....sus labios sólo repetían una frase.
Morsmordre.













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